viernes, 13 de junio de 2014

Caminaba con paso lento hacia aquel descampado totalmente solitario. Tenía muchísimo calor, había quedado demasiado temprano.
Pasó la mano por su frente con mucho cuidado para así no quitar el poco maquillaje que se había puesto. Le sudaban las manos, pero no era de la calor. Era de los nervios que recorrían cada parte de su cuerpo. Los nervios son capaces de controlar a las personas. Se sentía como una marioneta, los nervios la estaban controlando en aquel instante.
Debía tranquilizarse si no quería morir antes de llegar al sitio, debía intentar controlar a sus nervios en vez de ser al revés.

Minutos después había llegado, se sentó en el banco rojo. La noche anterior decidieron verse ahí. En ese mismo banco, a esa hora.
"Amigos, sois amigos. Tranquila. Esto es típico para ti." Se decía así misma.
Levantó su vista y sus ojos chocaron con los de un chico moreno. Era su chico. En ese momento se bloqueó. No sabía que hacer. No sabía si levantarse y caminar hacia él dándole el encuentro o quedarse ahí parada como la niña enamorada que estaba comenzando a ser.
El chico terminó por acercarse a ella y ella solo le regaló media sonrisa, pero este, la apretó fuerte contra su pecho.

Llevaban una hora sentados ahí. En aquel banco rojo de aquel descampado perdido. Se puede decir que estaban en total silencio, no se les escuchaba ni respirar. Cuando el chico le preguntaba cosas, ella solo asentía. Ella nunca decía nada, no sabía que decir. Después de una hora seguía sin saber que decir, exactamente. Se sentía inexperta y estúpida. También se sentía pequeña a su lado.

La chica lo miraba de reojo y sonreía para si misma. Le encantaba mirarlo y eso que nunca lo había podido mirar así, de esa forma, cerquita. Nunca había visto sus ojos en persona, ni su sonrisa, ni tampoco había podido sentir como los vellos se le ponían de punta al escuchar su dulce voz. Así que lo acababa de descubrir, acababa de descubrir cuanto le encantaba mirarlo, cuando le encantaba apreciar cada parte de su cuerpo. Su vista se paró en sus labios, sus pequeños y besables labios. Aquellos con los que noche tras noche soñaba con poder besarlos, con poder sentirlos, con saborearlos.

Pero eran simples sueños, por lo tanto ella debía quitar la vista ya de sus labios. Debía mirar a otra parte, debía parar de penar en esas cosas. No. STOP.

Realmente quería dar ese paso, quería decirle cuanto le quería, que se estaba enamorando de él y que por supuesto, tenía unas enormes ganas de besarlo pero no podía. No quería estropear la relación. No quería que todo se volviese frío.
Quizás tuviese que volver a vivir enamorada de un imposible, ¿Quién sabe?

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