Mi serie favorita y todo lo que me ha enseñado.
*Contiene spoilers*
Merlí.
No sé cómo, ni cuando, ni porqué pero Merlí llegó a mi vida.
Comencé a verla en Castellano pero no me convencía así que opté por verla en la versión original que es en Catalán.
Yo.
Viendo una serie.
Siguiéndola cada semana.
Emocionándome con ella.
¡Y siendo subtitulada!
Esto os lo prometo que no pasa todos los días.
¡Si yo soy muy floja para ver series!
Pero es que Merlí me atrapó, me agarró del brazo, me miró a los ojos y me escupió todos y cada unos de sus capítulos haciendo que no quiera salir nunca de donde estaba.
De esa zona de confort.
De sofá, manta y Merlí, básicamente.
Merlí, primeramente, me hizo querer el Catalán. Muy mucho.
Actualmente amo el Catalán y envidio a mis primos que viven allí y saben hablarlo.
¡Es que es precioso!
Pero Merlí me ha enseñado cosas muchísimo más importantes, porque Merlí aunque fuese de ficción tenía ese toque de realidad y en ese toque entran sus personajes.
Merlí me presentó a Bruno, el chico gay que no quería que nadie supiera que era gay y que estaba enamorado del malote de clase.
Merlí me presentó a Pol, el malote de clase que llevaba su heterosexualidad por delante de todos y cuando le decían que podría ser bisexual, él se limitaba a decir "que el amor, no tiene etiquetas".
Merlí me presentó a Tània, la chica preciosa a la que hacían sentir mal por no ser como la sociedad quería que fuese. La chica que se enamoraba de chicos que nunca se enamoraban de ella.
Merlí me presentó a Oliver, el que llegó a clase el primer día y dijo que era gay, como respuesta a todos aquellos que cuchicheaban sobre su condición sexual.
También me presentó a Mónica, a la que juzgaron más de una vez. A Iván, el cual tuvo que luchar con todos y cada uno de los monstruos de su cabeza. A Berta, que no encontraba su sitio en el futuro. A Marc y sus ganas de luchar por su sueño. A Gery, con todos y cada unos de sus errores convertidos en aprendizajes. A Joan, que decidió convertirse en otro por miedo a ser él mismo.
Un día, en un capítulo, me presentó a Quima. Una profesora trans. Una profesora trans que sufrió transfobia por parte de los profesores y que sus alumnos organizaron un partido para hacerles saber a los demás, que nuestros genitales no representan quiénes somos.
Y por supuesto, nos presentó a Merlí. El gran Merlí. La cagó, falló, fue grotesco en muchas ocasiones, tenía muchas partes malas que a mí, como espectadora, no me importaban porque él era maravilloso. Era un profesor que se preocupaba porque sus alumnos aprendieran en serio y no con todos esos topicázos que nos hace aburrirnos y agobiarnos, pero además se preocupaba por ellos, entraba en sus vidas y los hacía reaccionar ante algunas injusticias como cuando algún compañero se burló de Oliver por su condición y él dio un impresionante discurso que hizo que ellos se disculparan. Merlí estuvo para ellos siempre ahí. Los ayudó a crecer, a madurar y a entender como funcionaban algunas cosas en la vida real e incluso, consiguió que a ellos (y a mí) les interesase la filosofía.
Merlí acabó y ojalá todos le dieran al play a la serie.
Ojalá todos conocieran a cada uno de los personajes, porque detrás de ellos hay una gran enseñanza, una verdad.
Gracias, Merlí.
Gracias a quién te creó, te narró, te filmó.
Ha sido un placer conocerte y convertirme en una Peripatètic más.
miércoles, 17 de enero de 2018
jueves, 4 de enero de 2018
Ferdinand, la película.
La primera película que veo en 2018 y qué bien he elegido.
Desde pequeños nos dicen cómo debemos actuar, nos bombardean con miles de cosas para así intentar que seamos todos iguales.
Vestidos para niñas. Rosa para niñas. Princesas para niñas.
Guerreros para niños. Azul para niños. No llores, los chicos no lloran.
Y así todo el tiempo.
Pues con Ferdinand es algo así.
Ferdinand es un toro de lidia y el mundo le grita que debe ser bravo, valiente, guerrero.
Ferdinand debes pelear. Ferdinand debes matar. Ferdinand no huelas flores, porque eso no es ser un toro normal.
Ferdinand era diferente y se lo hizo saber a su padre, le preguntó algo así como "¿Qué pasa si mi sueños no son iguales que los tuyos, papá?".
Ferdinand rompió estereotipos y les hizo saber a sus compañeros -toros también- que había algo más allá de lo que les decían, que podían ser toros y querer tirarse en el pasto, oler flores y ser cariñosos.
Porque Ferdinand era así. Olía flores, cuidaba a su dueña y protegía a todo aquel que le rodeaba.
Ferdinand es una película de dibujos animados, sí, pero esta cargada de verdad.
Es un jarro de agua fría para todos aquellos que dicen que los toros no sufren, no sienten.
Para la sociedad, sus estereotipos impuestos, sus ganas de que seamos todos iguales, sintamos igual, querámos igual.
La sala de cine donde me encontraba hoy estaba repleta de críos y crías de diferentes edades.
Algunos mayores dicen que los niños NO tienen empatía, que no pueden ponerse en el pellejo de otras personas y menos aún de animales.
Igual no es que los niños no tengan empatía, quizás es que los mayores se la arranquemos a base de palabras y aprendizajes erróneos.
A mi lado había un padre junto a sus dos hijos.
En una de las escenas, donde el torero apunta a Ferdinand con la espada para así matarlo, la hija de este señor de aproximadamente 5 años, se tapaba la mitad de sus ojos y susurraba "No, no, no. Papá que no lo maten".
No sé que me hizo llorar más; si la reacción de la niña al ver como un señor con una espada quería quitarle la vida a un toro que, sin duda, no quería estar ahí -ni él, ni ninguno de sus compañeros- o la cría haciendo saber que es una niña pequeña pero que empatía no le falta.
Ferdinand es, sin duda, lo que todos necesitábamos.
Un rayito de luz en esta habitación oscura y gigante en la que vivimos.
Ese hilito de esperanza que necesitábamos visualizar.
Que los padres y madres llevéis a vuestros hijos a ver esta película, es una señal de que el futuro puede ir mejor porque Ferdinand les ayuda a saber que los animales sienten, sufren, lloran y sí, también alcanzan la felicidad.
Ferdinand les hace entender que no importa ser diferente, que es aburrido que todos seamos iguales.
A no juzgar, porque las aparencias engañan.
Y sobre todo, Ferdinand nos hace saber que siempre debemos empatizar, entender y finalmente ayudar a quiénes tenemos a nuestro lado. Da igual si es una persona o un animal, porque nadie es inferior, porque todos tenemos el mismo valor.
Gracias por hacer esto, Century Fox.
Y gracias, a los padres, madres, abuelas, abuelos, tíos, tías y en resumen, a todos los mayores que llevan a los más pequeños a ver esta maravilla visual, que sufren con la película y que ven, como a sus hijos, les nace la empatía y la expulsan por cada poro a cada instante de la película.
Hay muchos Ferdinand en el mundo y tenemos que salvarlos.
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