Como cada mañana Lara colgó la mochila gris en su espalda y se dirigió a paso lento al instituto. Por el camino escuchaba a su artista preferido y cantaba mentalmente la canción. Era una chica alegre, siempre estaba sonriendo y cuando se reía todo el mundo reía con ella. Las personas de su alrededor pocas veces la habían visto triste, y si alguna vez estaba triste nadie lo notaba. Era muy reservada y no solía contar lo que sentía.
Aunque esa no era la realidad.
Ya no.
Lara ya no se colgaba su mochila gris con alegría y despedía a su familia gritando a plena mañana, ya no cantaba canciones mentalmente y ya no era tan reservada.
En su cara podía observarse que estaba sufriendo, que se sentía mal, que estaba triste. Podía verse las noches sin dormir y las horas que había pasado llorando.
Lo echaba de menos. Mucho de menos.
Una tarde fría de invierno lo conoció en la feria de su pueblo, estaba en los coches de choque con sus amigos. Vestía una camisa celeste y unos pantalones vaqueros. Tenía los ojos azules y el pelo marrón. Sin duda era el chico perfecto o eso pensó Lara.
Él la miró y ella le sonrió. Lara volvió su cara para así poder reírse, estas cosas la ponían nerviosa.
Un mes después paseaban juntos de la mano por los parques de la ciudad, se comían a besos y no podían estar el uno sin el otro.
Todo acaba. Todo tiene su final. Antes Lara no pensaba así pero ahora sí.
Jamás imaginaba que despertaría sin verlo a su lado. Echaba de menos los post-it en cada rincón de su casa diciéndole cuanto la quería, las tonterías que ponía en el cristal empañado del cuarto de baño y la risa que soltaba cuando la veía bailar con las canciones de su ídolo a todo volumen.
Daniel era un chico maravilloso. La quería, más bien ¡La adoraba! No podía vivir ni un segundo de su vida sin ella. Sin duda para él han sido los dos mejores años de su vida. Ha estado al lado de alguien que lo amaba de verdad, que lo respetaba y que lo hacía reír cada día.
A Daniel le encantaba despertarla con besos en su espalda desnuda, le encantaba hacerle cosquillas y que esta se enfadase por ello.
Lara era fan de las galletas de dinosaurios, era como una niña pequeña. Se enfada mucho si alguien se comía sus galletas y Daniel siempre se las comía. Él también era fan de ellas. Estaban realmente ricas.
Más de una vez ha tenido que bajar al supermercado a comprar las dichosas galletas que tan buenas están porque Lara se enfadó al ver que la caja estaba vacía y más de una vez él no fue el culpable si no el diablillo que tenía como hermano.
Daniel también estaba sufriendo. Tenía el rostro cansado y sus ojos hinchados de llorar. No quería separarse de ella. Le suplicó a su madre una vez tras otra que se quedaran aquí, que estaban bien aquí pero ella se negaba una y otra vez. Tenía que partir. Tenía que irse lejos de su ciudad. Tenía que irse fuera de España.
Le producía una gran tristeza por sus amigos pero lo que más le dolía era ella. La pequeñaja de Lara. La niña que había robado su corazón y la había enamorado por primera vez. Ella estaba en su cabeza siempre y sabía que estaría durante un buen tiempo.
Ninguno de los dos quería separarse pero debían hacerlo.
El beso de la despedida fue el más doloroso. Sabían que sería el último beso, sabían que no volverían a sentirse jamás. Sabían que no volverían a estar juntos. Dolía tanto.
Lloraban muchísimo y la gente de aquel aeropuerto de Málaga los miraba con gran desesperación. Por las mentes de aquellos desconocidos pasaban cosas como "¿Por qué lloran?" "¿Son pareja?" "Estas cosas no deberían de pasar" y miles de pensamientos más pero por la cabeza de Daniel y Lara solo pasaba una "No quiero irme de tu lado". Resonaba una y otra vez en sus cabezas, los estaba atormentando. Pero por desgracia el avión de Daniel salía en quince minutos y él se tenía que marchar para siempre.
Se abrazaron fuerte por última vez y un "adiós" susurró en los labios de ambos.
Ahora tocaba sufrir, llorar, no dormir y olvidar. Tocaba olvidar aquel sentimiento tan fuerte.
La duda es, ¿Se puede olvidar al primer amor?
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