jueves, 23 de enero de 2014

Él sonreía y a ella se le paraba el jodido mundo.
Le encantaba escucharlo, ver sus fotos, oír su risa, oler su colonia, leerle cada día.
La distancia no era nada, sus sentimientos eran más fuertes que todo.
A veces, es cierto, la destruía. Sí, la distancia destruía todo pero, la mayoría de veces ella agradecía que él existiese, que él estuviese aquí cada día, que no la olvidase.
Ella se sentía mágica cada vez que lo tocaba, lo rozaba, lo abrazaba. Se sentía fuerte, sentía que era alguien importante en su vida aunque quizás esto no fuese así.
Él la abrazaba y sentía que la protegía y que ninguna de esas personas la podrían destruir en ese mismo instante. En esos minutos a su lado.

Odiaba separarse de él; Lo odiaba. Odiaba verle marchar, verle como se alejaba y desaparecía en la oscuridad de la noche.
A veces, la mayoría, odiaba echarle de menos. Odiaba pensar cada nunca cuando volverá, cuando podrá abrazarlo y podrá sentirse como aquellos mágicos días de verano.

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