miércoles, 17 de enero de 2018

Mi serie favorita y todo lo que me ha enseñado.

*Contiene spoilers*

Merlí.
No sé cómo, ni cuando, ni porqué pero Merlí llegó a mi vida.

Comencé a verla en Castellano pero no me convencía así que opté por verla en la versión original que es en Catalán.

Yo.
Viendo una serie.
Siguiéndola cada semana.
Emocionándome con ella.
¡Y siendo subtitulada!

Esto os lo prometo que no pasa todos los días.
¡Si yo soy muy floja para ver series!

Pero es que Merlí me atrapó, me agarró del brazo, me miró a los ojos y me escupió todos y cada unos de sus capítulos haciendo que no quiera salir nunca de donde estaba.
De esa zona de confort.
De sofá, manta y Merlí, básicamente.

Merlí, primeramente, me hizo querer el Catalán. Muy mucho.
Actualmente amo el Catalán y envidio a mis primos que viven allí y saben hablarlo.
¡Es que es precioso!

Pero Merlí me ha enseñado cosas muchísimo más importantes, porque Merlí aunque fuese de ficción tenía ese toque de realidad y en ese toque entran sus personajes.

Merlí me presentó a Bruno, el chico gay que no quería que nadie supiera que era gay y que estaba enamorado del malote de clase.
Merlí  me presentó a Pol, el malote de clase que llevaba su heterosexualidad por delante de todos y cuando le decían que podría ser bisexual, él se limitaba a decir "que el amor, no tiene etiquetas".
Merlí me presentó a Tània, la chica preciosa a la que hacían sentir mal por no ser como la sociedad quería que fuese. La chica que se enamoraba de chicos que nunca se enamoraban de ella.
Merlí me presentó a Oliver, el que llegó a clase el primer día y dijo que era gay, como respuesta a todos aquellos que cuchicheaban sobre su condición sexual.
También me presentó a Mónica, a la que juzgaron más de una vez. A Iván, el cual tuvo que luchar con todos y cada uno de los monstruos de su cabeza. A Berta, que no encontraba su sitio en el futuro. A Marc y sus ganas de luchar por su sueño. A Gery, con todos y cada unos de sus errores convertidos en aprendizajes. A Joan, que decidió convertirse en otro por miedo a ser él mismo.
Un día, en un capítulo, me presentó a Quima. Una profesora trans. Una profesora trans que sufrió transfobia por parte de los profesores y que sus alumnos organizaron un partido para hacerles saber a los demás, que nuestros genitales no representan quiénes somos.
Y por supuesto, nos presentó a Merlí. El gran Merlí. La cagó, falló, fue grotesco en muchas ocasiones, tenía muchas partes malas que a mí, como espectadora, no me importaban porque él era maravilloso. Era un profesor que se preocupaba porque sus alumnos aprendieran en serio y no con todos esos topicázos que nos hace aburrirnos y agobiarnos, pero además se preocupaba por ellos, entraba en sus vidas y los hacía reaccionar ante algunas injusticias como cuando algún compañero se burló de Oliver por su condición y él dio un impresionante discurso que hizo que ellos se disculparan. Merlí estuvo para ellos siempre ahí. Los ayudó a crecer, a madurar y a entender como funcionaban algunas cosas en la vida real e incluso, consiguió que a ellos (y a mí) les interesase la filosofía.

Merlí acabó y ojalá todos le dieran al play a la serie.
Ojalá todos conocieran a cada uno de los personajes, porque detrás de ellos hay una gran enseñanza, una verdad.

Gracias, Merlí.
Gracias a quién te creó, te narró, te filmó.

Ha sido un placer conocerte y convertirme en una Peripatètic más.

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