sábado, 12 de septiembre de 2015


Un día me di cuenta de que no quería nada de ti.
Me di cuenta de que me estabas haciendo daño,
de que esto que sentía ya no era sano. Dolía.
A veces sentía como si me golpeasen el estómago,
o mejor dicho; el corazón. 

No quería leerte, ni escucharte, ni oír tu risa.
Aquella maldita risa que conseguía ponerme la piel de gallina.

Y no, ya no quiero nada de ti.
No quiero tus abrazos haciéndome crujir los huesos de la espalda,
no quiero tus caricias consiguiendo ponerme la piel de gallina,
no quiero tus miradas, tus bromas, tus buenas noches.
No quiero tu ropa, aquella que me encantaba tanto.

Desde que te conozco nada me sabe igual, ni tampoco miro las cosas igual.
El café de la mañana me recuerda a tu cara al despertar.
Aquel libro de poesía me recuerda a ti tumbado en la cama,
mientras lo leías en silencio y me mirabas de vez en cuando 
porque alguna frase te había recordado a mí.
Cada rincón de esta ciudad también me recuerda a ti,
a las escapadas, a las risas, a los abrazos, a los momentos.

Comprendí que a veces se quería doliendo y que no era sano,
que poco a poco eso conseguía quemarte, matarte lenta y dolorosamente.

Yo no estaba dispuesta a matarme por ti.


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