miércoles, 11 de febrero de 2015

Las cosas se complicaban, o eso pensaba ella. Era tan difícil alejarse de él, era tan difícil dejar de quererle, era tan difícil desear que él no la tocase una y otra vez. Era tan jodidamente difícil.
Él para ella era veneno, eran todo lo opuesto, como el blanco y el negro. No le convenía y la chica lo sabía sin embargo no podía dejar de mirarle de aquella estúpida forma, él y su ego la miraban siempre con esos ojos capaces de traspasar el alma, capaces de destrozarte por dentro, de convertirte en una tonta. Eran mágicos y el mundo lo sabía, sabía lo que podían hacer unos ojos como esos. Ella se derretía con cada mirada, se desvanecía, se hacía pequeña e indefensa pero también la enamoraban, la atrapaban, la abrazaban. Y es que las personas con esos ojos no son de fiar, no tienen nada bueno. Sólo saben enamorar y enamorar y enamorar.

Él la abrazaba y a ella le daba un vuelco el corazón, deseaba que se parase el tiempo, que estuviese allí, abrazándola, sin su ego, sin sus contestaciones, sin sus burlas, que estuviese a su lado en silencio, total silencio.
Duraban segundos esos momentos y siempre se quedaba con ganas de más, con ganas de más abrazos, más miradas y más sonrisas. 
Oh Dios, su sonrisa. La chica también se deshacía con ella, se derretía por completo, moría al instante al verle sonreír o al escuchar su risa. Era lenta y profunda, de esas risas que no molestan, de esas risas que te llenan de paz y que te gustaría escuchar las 24 horas del día, aquella a la que podrías llamar 'mi canción favorita' y su sonrisa, capaz de hacerte tiritar, capaz de hacerte temblar, capaz de envolverte y hacerte sonrojar. 

Lo peor de todo era que todo de él la atraía, absolutamente todo. Todo la derretía, todo la atrapaba, la hacía temblar. Mejor dicho, él, completamente él producía todas esas cosas en ella.
Era horrible, lo aseguraba. Lo era. Odia esa estúpida forma de ser, odia su chulería, su egocentrismo y esa forma que tenía de tratar a las chicas pero ella, tan inocente, tan tonta, tan niña, siempre caía en sus miradas, sus abrazos, sus sonrisas y su risa. 

Quería no sentir nada, no sentir aquello que comenzaba a sentir por momentos. Quería destrozar todo lo sentido, lo vivido con él. Quería que todo terminase, deseaba que todo terminase. Debía acabar, esto debía acabar. No era bueno, iba a salir herida. Lo sabía, lo sabían. Sin embargo nadie podía ayudarla y ella no podía parar de querer, de engancharse, de sentir.

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