martes, 27 de diciembre de 2016
Dos mil dieciséis se acaba.
Este año, sin duda, ha sido mi peor año.
Cuando este año comenzó tenía muchas buenas vibraciones sobre él, pensé que todo iría bien y que sentiría mil cosas positivas.
Pero no fue así.
Las malas noticias comenzaron a llegar y en silencio, me despedía de mi persona favorita en el mundo.
Dos mil dieciséis ha hecho que viva, en mis propias carnes, lo que es el dolor excesivo. Me ha enseñado a despedirme para siempre de alguien, como también, a abrazar fuerte y en silencio cuando alguien sufre una pérdida.
Dos mil dieciséis ha sido mi peor año pero también ha sido el año en el que más he aprendido.
Así que gracias, supongo.
Mi persona favorita en el mundo se apagaba, era consciente pero a veces intentaba olvidar el detalle de que ya no estaría más a mi lado.
Aún recuerdo el día en el que la abracé muy fuerte y susurró, sin venir a cuento, "te quiero mucho". Respondí con un "Yo también, abuela".
Ese día aprendí a apreciar y agarrar con más fuerza los "te quiero's", como también, a decirlo siempre que lo sentía. Da igual que no fuese el momento, la hora o el instante, ¡Da igual! simplemente se dice y punto.
Los "Te quiero's" son muy importantes y creo que este dos mil dieciséis lo he dicho mucho y lo he sentido todavía más.
Este año, también hubo cambios haciendo que me pusiese un vestido y unos tacones para ir a una boda. Fue uno de los mejores momentos de este año.
Me lo pasé en grande, reí, bebí, comí y sobre todo, disfruté con mi persona favorita en el mundo.
Después de eso, todo se torció (todavía más).
La vida comenzaba a ponerme un bache tras otro.
Mi persona favorita comenzaba a despedirse no tan en silencio y además, se le sumaban más cosas.
Sentía como el año me estaba superando, como se estaba cargando cada parte alocada en mí, como hacía que no tuviese ganas de reír, de bailar o simplemente de fotografiar.
En estos últimos meses, sobre todo, el año ya comenzaba a doler mucho.
Y entre tantas lágrimas, tantas noches en vela, tantos abrazos con el miedo a que fuese el último, aparecieron ellos. En carne y hueso.
Jonás y Álvaro aparecieron el primer día de octubre, rompiendo un poco el mes e incluso el año.
Etiqueté a ese día como mi segundo mejor momento del año.
Jonás y Álvaro consiguieron darme un poco de calma entre tanto caos, los abracé cuando mi mundo se estaba viniendo abajo, cuando estaba un poco rota, perdida y cuando comenzaba a vivir nuevas experiencias dolorosas que comenzaban a marcarme para siempre.
Igual os suena exagerado, pero Jonás y Álvaro fueron un poco mi salvavidas de este año.
Les estaré eternamente agradecida, siempre.
Entonces la vida se dio cuenta de que había vivido un momento de felicidad, de que había experimentado algo bonito que me había hecho tener un poco más de fuerza y entonces, sucedió.
Mi persona favorita en el mundo se fue para siempre. Ya no volvería. No me abrazaría. No me besaría. No me haría reír. No vería novelas con ella. Todo desaparecía para siempre.
Lloré.
No os imagináis cuanto lloré.
Dolía tanto, que no imaginaba que iba a doler de esa forma.
Iba a echarla de menos, iba a ser difícil acostumbrarme a estar sin ella, sin sus besos, sus "te quiero's", sus enfados tontos.
No podía creerlo e incluso, tenía miedo.
Lo reconozco, tenía mucho miedo.
A la vida en general.
Había perdido a personas pero era pequeña, por lo tanto, no era consciente.
Pero este año, lo había sido así que tuve miedo.
Me di cuenta de lo injusta que era la vida, de como se llevaba a personas para siempre sin darte clases de como vivir sin ellas.
Y por eso mismo tuve miedo.
Porque perdería a más personas e incluso, podría perderme a mí misma.
Y no quería volver a sentir ese dolor.
No quería sentir el escozor en el pecho, en los ojos, en la nariz.
No quería volver a sentir este dolor intenso que conseguía asfixiarme.
No.
(Milagro).
Y como si ella, desde algún lugar lo hubiese querido, me llega una llamada.
Y entre tanta tristeza, me sale una sonrisa al saber que estudiaré eso que tanto me gusta.
Se que fue ella. Confío en sus poderes mágicos, siempre he sabido que los tenía.
Diciembre llegó.
El último mes.
Nada ha sanado desde entonces pero sí que voy siendo más consciente de como será mi vida ahora, sin ella.
Al igual de que ya, no tengo tanto miedo.
Aunque a veces me da el pánico, lloro, me monto mis películas y me quedo dormida.
Y cuando amanece todo parece mejor.
No sé, es la magia de comenzar un día nuevo. Tiene la pinta de que será maravilloso, aunque luego se tuerza.
A penas quedan cuatro días para que este año acabe y tengo muchas ganas.
Tengo ganas de comenzar nuevos retos, nuevos sueños y de volverme fuerte de nuevo.
Porque ya no lo soy.
La fuerza la he ido perdiendo un poco en estos meses y creo que necesito recuperarla, necesito volver a ser un poco yo aunque se que será difícil sin ella.
Me gusta pensar que ella está orgullosa de mí, que me guía desde algún sitio de este puto universo, que sonríe cuando me ve sonreír y que se alegra cada vez que consigo hacer las cosas bien.
Me gusta pensar que ella, ahora, es mucho más feliz que antes. Sin preocupaciones ni dolores.
Mi persona favorita en el mundo ha sido la mujer más fuerte que he conocido, junto a mi madre.
Por último, así como un detalle. Una puntuación. Una post-it.
Gracias, mejor amiga.
Gracias por haberme abrazado en mi peor momento, por secar mis lágrimas, por hacerme reír, por haber llorado junto a mí.
Te amo. Mucho.
Gracias, infinitamente gracias.
Gracias, a mi amiga de la infancia.
La que estuvo cuando mucha gente se fue.
La que me abrazó cuando nadie más lo hizo.
La que con solo mirarme sabe lo que siento.
Aunque nos enfademos de vez en cuando, nunca defraudas en el fondo.
Por eso te quiero.
Y gracias, también, a mi corazón rosa con un lazo entre medio.
Gracias por haber estado a través de un teléfono.
Por haberme leído, escuchado.
Por haberme abrazado a distancia y por conseguir que me descubriese un poco más.
Te adoro, de corazón.
Y por último, gracias a mis dos chicas de Sevilla.
Sois mi luz, mis guías, mis puntos de apoyo a hora y media.
Las que consiguieron que me enamorase de Sevilla, de sus calles, de su gente, de su acento.
Sois de las cosas más bonita que la distancia, Sevilla y Cristian me ha regalado.
No quiero perderos nunca.
Os quiero a rabiar.
...
Y hasta aquí, dos mil dieciséis.
Punto final.
Gracias, a pesar de todo, por las cosas bonitas que me has dado.
Dos mil diecisiete, estoy deseando conocerte.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario